viernes, 9 de abril de 2010

Allende los mares: Istanblue. Constantinopla para los nostálgicos


Ante la gran evidencia de tener que hacer una necesaria renovación en este blog, he decidido crear para vuestro uso y disfrute esta sección llamada allende los mares. Dicho espacio tratará de explicar las anécdotas más inverosímiles que he presenciado lejos de la madre patria. En ella, y para empezar con buen pie, qué mejor ciudad que Estambul.


Caminar por la antigua Bizancio en el mes de Septiembre es sin lugar a dudas sinónimo de sed, de sudor, de gentío, de tirantes, de gafas de pantalla, de olores a especias y a jazmín, de calles vertiginosas prendadas a un tragaluz donde se vislumbra la figura de una señora con un velo rosado cocinando un delicioso Lahmacun. Y cuando baja el sol, la ciudad se tiñe de un esplendor incomparable. Y en ese centro de Sultán Ahmet, entre Aya Sofia y la Mezquita Azul, el tiempo se para y viajar civilizaciones atrás se convierte en toda una aventura. Y junto a Alejandro Magno podremos amenazar al Imperio Persa; seremos romanos, bizantinos, Constantino el Grande, Justiniano. Y podremos librar batallas en las callejuelas cercanas al antiguo Hipódromo, sable en mano, a las órdenes del Sultán hasta llegar al inconmensurable Palacio Topkapi. Perdernos en la singular basílica cisterna durante el rodaje de "Desde Rusia con amor" del sempiterno James Bond. Seremos igualmente pintores de retratos del adorado Ataturk y colgarlos por todas las esquinas de la vieja ciudad con el lema “Padre de la Patria”. Muy cerca de este lugar, en el Bósforo, los retales puntiagudos de luz se tornan anaranjados y desde el Cuerno de Oro se reflejan en los cristales translucidos del continente de enfrente, Asia. Esos inolvidables barquitos... “¡Estoy en Europa!, ¡estoy en Asia!, ¡estoy en Europa!”...
Mientras tanto la ciudad cambia el luto Ramadán por brillos, flores, colorido, risas, música, y sabor a caramelos en espiral. ¡Y para qué mencionar la majestuosidad de sus bazares! Ropa de marca falsificada extraordinariamente, cuadros, candelabros, ajedrez, tacitas, especias y cualquier recóndito objeto que se le pase a uno por la cabeza. Desde el lujo admirando bellas mujeres con velos de Prada, a masticar las plazuelas repletas de niños pegando patadas a pelotas de trapo, con camisetas de imitacion de sus héroes del Fenerbahce, Besiktas o Galatasaray. Para los amantes de la numismática, con mucho cuidado para evitar estafas, Estambul es magnífica para adquirir unas cuantas monedas bizantinas y otomanas, sin gastar las 6 o 7 liras que cuesta un kebab en cualquier local de mala muerte. Y es ahí cuando un español se da cuenta lo que es comida basura y lo que no. Café, té de sabores, sisha, baclava, raki, megalópolis, 14 millones de personas, cuatro horas en bus para la cruzarla de punta a punta, genial, cautivadora, misteriosa, romántica, sincera, caótica... Estambul.

Y cuando te acercas a la mezquita Suleyiman haciéndote pasar por musulmán, harto de hacer cola como un turista, aprovechando tus pintas de moro (bendita barba) y después de lavarte los pies en el pilo, siempre puede llegar un segurata que te diga en inglés: “Excuse me, you can’t enter here”, y cuando más se acojona uno ante semejante pillada, tambien puede ocurrir lo siguiente: “Take this clothe, it’s incredible! how you forgot your trousers?(...) mmm, where are you from??” y la contestación fue digna de haber sido enmarcada, “Excuse moi, monsieur, je suis francais avec origin argelin”, ¡y en mi curriculum figura que tengo el francés elemental!

P.D: aquí adjunto el documento gráfico que corrobora lo sucedido.