viernes, 4 de diciembre de 2009

Para quien aun crea en la humanidad


Lo peor de visitar los campos de concentración y exterminio Auschwitz-Birkenau no es el regusto retestinado que se te queda después, los improperios que sueltas por tu boca una vez acabada la visita, el vuelco en el corazón que te provoca ver casi dos toneladas de pelo humano, miles zapatos, miles de cepillos de dientes, miles de juguetes. Cientos de miles de fotos de víctimas de la barbarie, con flores frescas colocadas por los que todavía los recuerdan. Lo peor del siniestro campo es que no han pasado ni setenta años desde que fuera liberado por los aliados y destruído (lo que pudieron para borrar pruebas) por los Nazis. Y ese pueblo a solamente una hora de Cracovia se llama Oświęcim. Una pequeña villa que vive y muere de ese recuerdo a modo de museo, casi intacto en el campo de concentracion Auschwitz-1 y del desolado paisaje tétrico e infinito que se vislumbra en la descerebrada Birkenau. Oświęcim es hoy lugar de peregrinaje de judíos, católicos, musulmanes, protestantes, ateos y de cualquier individuo que tenga estómago para digerir el pasar por debajo del "Arbeit match frei", el mismo letrero que setenta años antes sería la frontera entre la raza humana y la animal, entre la tierra y el infierno, entre la vida y la muerte. Pisar el desgaste del suelo de los millones de personas que nunca regresarían. O caminar por esos lodos de Birkenau donde hasta hace poco se levantaban huesos debido al nivel freático. Sí que es cierto que es gratuíta la entrada a ambos (no así obviamente las visitas guiadas), pero vivir en Oświęcim y poder contemplar desde el balcón de tu casa las chimeneas de los crematorios, esas mismas que estuvieron en su día humeantes día sí y día también de niños, mujeres, ancianos y padres de familia, chamuscándose sus ilusiones como si se tratara de carroña, tiene que ser como mínimo un motivo más para dejar de creer en la bondad de la raza humana por naturaleza. Y lo peor es que no hace más de setenta años.

lunes, 5 de octubre de 2009

Los puntos sobre las íes


Hace demasiado tiempo comencé contando batallitas de tiempos pasados que en algún momento de mi vida pensé que fueron mejores. Y parece que habían muerto en el tiempo esos sabores a despedida y a hiel. Nada más lejos de la realidad. Ahora España, esa que había abandonado a mejor suerte hace un año, se vuelve cada vez más áspera en sus entresijos. Y en mis pensamientos. No hay nada mejor que amar otras cosas, vagabundear por pasadizos remotos con la sensación de tener los ojos vendados y las manos en la nuca, desconocer todo lo que te rodea, excitarte cada día más viéndote caminar por algo similar a una cámara de ultramarinos, respirar nieve, respirar jazmín, respirar cemento. Palpar con la yema de los dedos las asperezas de los yerros electrosoldados de los ferrocarriles del telón de acero. Esa tez, esos labios, esas sedas que, aun no siendo españolas abogué por su nacionalización inmediata. Ser parte de esto que algunos señores llaman la madre patria. Con sus crisis, sus colas, sus esperas, su "vuelva usted mañana", su olor a azahar y su sabor retestinado. Esa realidad en la que vivimos, al margen de conurbaciones políticas de diversa índole, tiene un origen que todos conocemos. Y como no podemos ponernos de acuerdo (faltaría más) en lo largo y ancho que abarca nuestra querida "Piel de Toro", cada persona es un país, y yo miro al pasado para buscar el punto inflexión. Es un hostal de mala muerte con aseo compartido, son los espejos cubiertos de baho con corazones pintados, es el carmín impreso en las mejillas bajo un paraguas en un día de lluvia. Son esos versos, esas notas, esos quehaceres. Y ahora que provengo a las "íes" de su dotación, vuelvo al origen y a sentirme cada vez más vivo.

miércoles, 10 de junio de 2009

W biały- czerwony (en blanco y rojo)



Pronto he de regresar. No descanso bien por las noches. A las tres de la madrugada ya empieza a entrar el sol como renglones incandescentes por los recovecos de mi cortina de aluminio. Cuando sea consciente de lo que ha sido este periodo, éste no sólo habrá terminado, sino que habra pasado por mi existencia como los rayos que caen sobre Varsovia en un día de tormenta. Parecerá que nada nunca existió y caminaré por el Paseo Alfonso XIII como si todo el año lo hubiera estado viendo, impasible pasando el tiempo y resbaladizo la humedad de sus baldosas. Y la historia que yo quiera contar será cada vez más azarosa, más fortuita, más infausta, pero en el momento en el cual yo articule las palabras mágicas, llegarán a mi mente los fotogramas como efímeras diapositivas y ése será el momento de decir adiós. Podré contar que residía en un loft en el centro de la capital polaca, o que estaba malviviendo en un cuchitril de un país de Europa del Este. El problema es que ambas serían verdad y perdería credibilidad cualquiera de las dos versiones de los hechos. Que he encontrado el estrés, el aburrimiento, la paz, los excesos, la sonrisa, las lágrimas... y todo eso también será verdad. Será verdad que vivido al margen de mis conductas anteriores, pero en todo momento he ido recordando punto por punto qué era y qué me correspondía ser. Me despedirá, al igual que cuando llegué a esta ciudad, la blanquirroja enseña de esta peculiar nación. Y estaré solo para partir, no me gustan las despedidas (ni los aeropuertos). Cuando tenga fuerza para contar qué ha sido Varsovia espero hacerlo desde el punto de vista más veraz posible, aunque un pequeño ensayo autobiográfico de lo que ha sido este intervalo fugaz creí que podría ser una buena bienvenida al blog. Lo dicho, bienvenidos.