lunes, 5 de octubre de 2009

Los puntos sobre las íes


Hace demasiado tiempo comencé contando batallitas de tiempos pasados que en algún momento de mi vida pensé que fueron mejores. Y parece que habían muerto en el tiempo esos sabores a despedida y a hiel. Nada más lejos de la realidad. Ahora España, esa que había abandonado a mejor suerte hace un año, se vuelve cada vez más áspera en sus entresijos. Y en mis pensamientos. No hay nada mejor que amar otras cosas, vagabundear por pasadizos remotos con la sensación de tener los ojos vendados y las manos en la nuca, desconocer todo lo que te rodea, excitarte cada día más viéndote caminar por algo similar a una cámara de ultramarinos, respirar nieve, respirar jazmín, respirar cemento. Palpar con la yema de los dedos las asperezas de los yerros electrosoldados de los ferrocarriles del telón de acero. Esa tez, esos labios, esas sedas que, aun no siendo españolas abogué por su nacionalización inmediata. Ser parte de esto que algunos señores llaman la madre patria. Con sus crisis, sus colas, sus esperas, su "vuelva usted mañana", su olor a azahar y su sabor retestinado. Esa realidad en la que vivimos, al margen de conurbaciones políticas de diversa índole, tiene un origen que todos conocemos. Y como no podemos ponernos de acuerdo (faltaría más) en lo largo y ancho que abarca nuestra querida "Piel de Toro", cada persona es un país, y yo miro al pasado para buscar el punto inflexión. Es un hostal de mala muerte con aseo compartido, son los espejos cubiertos de baho con corazones pintados, es el carmín impreso en las mejillas bajo un paraguas en un día de lluvia. Son esos versos, esas notas, esos quehaceres. Y ahora que provengo a las "íes" de su dotación, vuelvo al origen y a sentirme cada vez más vivo.

1 comentario:

  1. Llegué. Me ha costado, pero llegué. Ya te tengo fichado. Nos vemos en los bares (de Murcia)

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